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Cuando empecé a crear coreografías me dediqué a la danza con mayor intensidad, por lo que todo se convirtió para
mí en un tiempo continuo. Día y noche trabajé sin descanso; ofrecí mi energía y mis capacidades a la obsesión del
movimiento para experimentarlo en mi cuerpo y enseñarlo a otros cuerpos, así como para transformar mis ideas
coreográficas una y otra vez. Después de cinco o seis ensayos, los ballets tomaban forma rápidamente, mientras mis músculos y huesos se aniquilaban.
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En una ocasión, cuando componía Vitálitas, sufrí una contracción muscular generalizada por dolor en
los nervios al quedar éstos bajo presión de las vértebras. El doctor Henry Jordán del Lenox Hill Hospital,
remedió mis padecimientos gracias a determinadas disciplinas físicas; de estos ejercicios, los más importantes
los aprendí de Carola Trier. Fue así como tuve mi primer contacto con un sistema de control para mi cuerpo.
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Carola me acostaba en diversos aparatos y me enseñó cómo operarlos. Lo que yo hacía era doloroso,
pero me curaba. Después pude volver a las clases de ballet, y al bailar noté que lo hacía con más fuerza y elasticidad,
y que mis brazos los movía libremente. Desde entonces no he dejado la contrología.
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